domingo, agosto 05, 2007

ANTONIO FERMÍN

Ya hace casi un año. Para nosotros empezaste a irte por estas fechas. En un lunes final de julio, cuando me avisaron que no habías venido a trabajar en tu turno de mañana.

No pudimos encontrarte en tu móvil. Sólo sabíamos que habías llamado a primera hora de la mañana que estabas indispuesto, y no le dimos mayor importancia, puesto que la salida de tu larga enfermedad estaba siendo muy lenta, y ya nos avisaste que había días que no podías con tu cuerpo.

Por la tarde me dejaste un mensaje en mi móvil de que habías ido a urgencias, y se te habían quedado para hacerte unas pruebas, para que no contásemos contigo en unos días.

Al día siguiente te llamamos desde el trabajo, y parecías contento, pero con un trasfondo de preocupación, porque se te había reproducido la enfermedad, y los médicos querían saber por qué, habiendo seguido al pie de la letra la terapia correcta para erradicarla. Quisiste tranquilizarnos, pero tu voz delataba tu contrariedad en caer de nuevo en el pozo de la hepatitis.

Hablamos esa semana una vez más, parecía que la cosa iba mejor, pero seguían sin ver por qué volvías a tener los síntomas. Pero el viernes me llamaste apresurado, que se te llevaban al Clínic, pero puntualizaste que era para que supiéramos que estabas allí. Me acuerdo perfectamente que te pregunté "pero, ¿va todo bien, Antonio?", y me contestaste con un leve bufido de resignación, "mira, prefiero no hablar". Me lo dijiste muy consciente, y no me preocupé por el tono, sino por las palabras.

El martes siguiente me llamó nuestro amigo y compañero Pepe, "Antonio está en la UVI desde el mismo viernes por la tarde, tiene un virus que está afectando a sus órganos vitales, y no hay manera de atacarlo; por favor, no vengáis a verlo; su familia ha venido de Madrid para estar aquí con él". Le dije que nos mantuviera informados, que me hacía cargo ante todos los compañeros de la información, pero que comprendiera que deseaban saber de su estado, y anhelaban su más pronta recuperación.

Dos días más tarde, Pepe me comunicó que el virus se estaba extendiendo y, lejos de anularlo, estaba mutando constantemente y afectando más órganos vitales. Ya tenía seriamente afectados el hígado y un pulmón. Le empecé a decir a la gente que se preparasen para lo peor. Todos me decían que Antonio era muy joven y saldría, pero la voz de Pepe no dejaba lugar al optimismo. A Antonio le mantuvo sus ganas de vivir y su fortaleza física y mental, pero la lucha sólo le serviría para retrasar el desenlace.

En esos días me acordé de cuando te conocí años antes, nos presentó un compañero de mili, el ahora televisivo Pedro Jiménez. Fuimos a una discoteca de Sitges, y tú ibas con tu entonces mujer. Habías venido de tu Madrid natal, y trabajabas en Badalona. Tiempo después supe que habías sido destinado al lugar donde coincidimos años más tarde. Incluso coincidimos en alguna cena de promoción, de aquellas que contactaba con 40 tíos y al final venían 7.

Un mes antes habíamos ido a Madrid a un curso. Fuimos en el mismo tren. Coincidimos con el jefazo de Barcelona. Nos enteramos en pleno tren del accidente del metro de València, y comentamos los aspectos técnicos con él, mientras no apartaba la vista de nuestros vasos de whisky.

Habíamos comido juntos ese día. Me comentaste tu viaje a Cuba con tu compañera, del que acababas de venir. Siempre hacías amenos tus comentarios, y eso que aquel lunes estaba espeso, porque iba al curso justo después de trabajar, y tuve que dejar medio encarrilada la semana.

Días después me comentaste que empezabas a tener síntomas que no te gustaban. Como cuando empezó la insuficiencia hepática. Pero no fuiste al médico. Lo achacaste al calor de julio, y al viaje del mes anterior. Fuiste cuando no podías más, cuando tu cuerpo te dijo basta. Quizá esa tardanza fue fatídica. Pero tú eras sufrido hasta para la enfermedad.

Cuando me dijiste que había sido una reproducción de tu enfermedad, me acordé que sólo unos días antes habías venido a discutir un asunto de personal, y te había notado un color muy amarillento. Pero en aquel momento te vi tan centrado, y en tu línea de tratar de buscar explicaciones y soluciones, que no reparé en ello.

¿Qué ha pasado en este año? Pues muchas cosas. Se ha ido mucha gente a sus nuevos destinos, han venido otros, bastantes menos de los necesarios, y seguimos teniendo los mismos problemas del año pasado, sólo que con un año más de aplazamiento. También somos un año más viejos. Aunque parece que hemos cumplido varios de golpe. La gente no habla de ti. Por miedo. Por respeto. Por desazón. Por la conmoción. Por impotencia. Porque ya no podíamos hacer nada. Si hubiera estado en nuestra mano devolverte la vida cada uno un poquito, seguro que no te habrías ido. De hecho, para nosotros nunca te fuiste.

Pero seguro que tú estás orgulloso. Con esa media sonrisa de resignación, y ese leve bufido, "¿qué quieres que te diga?", nos dirás desde donde estás que la vida sigue, y que tratemos de disfrutarla lo mejor que podamos. Que luego viene un maldito virus y destroza tus ilusiones y tus proyectos, y lo que has hecho hasta ese momento lo dejas para que disfruten otros lo que has dejado de disfrutar tú. Que más vale no pensar en el futuro sacrificando el presente, porque el presente es cierto, pero el futuro no.

Cuando vienes a nuestra mente, no podemos evitar pensar ¡qué injusta que es la vida!

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